miércoles, 28 de enero de 2026

Crítica: EL MAGO DE OZ


La relevancia de la inteligencia, el coraje y la solidaridad

La Asociación de Artistas Aficionados (AAA) inauguró la temporada teatral 2026 con el estreno de El Mago de Oz, clásico de la literatura infantil en una adaptación dirigida por Ivi Cordero, con las actuaciones de Miguel Martínez, Pablo Hoyos, Sol González y Beleny Gómez, quien además se desempeña como asistente de dirección.

En esta obra, de una hora de duración, la dramaturga propone una lectura contemporánea de la novela. Dorothy y su perro Totó son arrastrados por una tormenta hasta el mundo de Oz y, en su intento por regresar a casa, recorren el camino amarillo, donde se cruzan con diversos personajes que propician diálogos y reflexiones sobre la infancia, la comunidad y el sentido de pertenencia.

Aunque el texto sostiene que la verdadera magia surge de la inteligencia, el coraje y la solidaridad, la puesta no termina de conectar con todos los espectadores, sobre todo con aquellos menos familiarizados con la historia. Destaca, sin embargo, la interacción con el público infantil, cuya participación entusiasta dinamiza la función.

Si bien el montaje es sencillo, los actores lo aprovechan eficazmente para desarrollar cada escena. En el plano técnico, se evidenciaron fallas que impidieron comprender la letra de la canción inicial. Llama la atención, además, el intento de incorporar el tema Somewhere Over the Rainbow mediante un video reproducido en un dispositivo digital, visible únicamente para el público de las primeras filas del Teatro Ricardo Roca Rey.

Pese a que se trató de una función de estreno, cabe confiar en que el equipo haya identificado los aspectos por mejorar a medida que avancen las funciones. Para quienes decidan asistir, conviene llegar con una mínima referencia de la historia y así disfrutar mejor la propuesta.

Javier Bendezú

28 de enero de 2026 

Crítica: CUERPXS MARRONES EN RESISTENCIA


Marrón tierra, marrón sagrado

El Festival Saliendo de la Caja le devuelve a una frase trillada el sentido y poder con las obras que nos invita a presenciar. Cuerpxs Marrones en Resistencia no es la excepción. Una vez más, el festival cumple el objetivo de incomodar (para acomodar), empujándonos con cada imagen, cada acto, cada frase y mensaje, justamente a pensar y sentir fuera de esa burbuja que nos envuelve y no nos permite ver más allá.

Desde el inicio, la tierra se convierte en una de las protagonistas de la obra cuando un cálido Wedner Velásquez hace una invitación a brindar por ella, a honrarla y respetarla. A hacerle una ofrenda, pedirle permiso y, por supuesto, bendiciones. La tierra es aliada, adorada.

Luego, se impone la tierra sucia, la que se pega a la piel. La que se remueve y se violenta. La que se cava para hacerse ricos mientras se empobrece la vida. Ya no es la tierra divina, sino la oscura y cargada de humanidad. O, en este caso, de toda la inhumanidad llevada por la codicia extractivista. Es el contraste de lo sagrado y lo explotado en un mismo espacio. Y ahí mismo, un cuerpo que carga también con esa contradicción.

Ese cuerpo aparece para explicar lo que no se puede entender. Intenta contarnos de un sufrimiento que no puede sentir quien no lo vive en carne propia, pero que genera repudio si se mira de frente a ese cuerpo, a su transformación, pero más que nada, a quien lo obliga a deformarse. Ese cuerpo, marrón como la tierra, también sagrado y transformado, intenta mostrarnos lo que desde la lejanía de la capital y el privilegio no logramos ver. Y entonces, Lucero Calderón, quien no solo interpreta a ese cuerpo en escena, sino que también escribe y dirige esta obra, se apoya de sonidos que perturban, de imágenes que frustran y encolerizan, de fotografías que nos recuerdan que el arte también es denuncia. Que ya no hay distancia posible: no es ficción, es historia viva, es dolor encarnado.

Lo grotesco también se apodera del escenario y de la historia. Las formas, los gritos, lo brutal de la falta de compasión. La ignorancia del poderoso y la sabiduría de lo ancestral se reflejan en ese cuerpo danzante y en el monstruo que lo observa. 

Cuerpxs Marrones en Resistencia nace de una realidad y un dolor de nuestro país que se intenta esconder bajo la idealización de “progreso”, como muchas otras dolencias que tenemos. Es también fruto de una ardua investigación que busca entrelazar, con mucho respeto, los mundos conocidos y estudiados de la autora. No explica, pero dice todo lo que quiere decir y cala donde tiene que hacerlo. Habla, además, de un pueblo y de su goce como lucha. Habla de un color, de la tierra misma, que no se amilana ante nada pero que, como dice la creadora de esta pieza, hay que proteger.

Cristina Soto Arce

28 de enero de 2026

Crítica: ÑA CATITA


El pasado es presente

La obra maneja un ritmo muy entretenido; los personajes se saben conectar, de tal manera que lo que pareciera largo termina convirtiéndose en un instante impactante, sólido y bien trabajado. La distribución del espacio es sencilla y las luces mantienen un ambiente adecuado para el desarrollo de los personajes.

El texto está particularizado de forma elocuente: la construcción de personajes es concreta y mantiene chispazos de farsa. La forma en que interactúan va generando un aire de sonrisas. La situación es muy conocida por todos: Ña Catita (Lourdes Aquije) hace su aparición y conversa con Rufina (Gloria Melgar), ambas actrices consiguen un nivel de espontaneidad admirable; cabe mencionar que Aquije se traslada en el espacio con gran naturalidad pese a la discapacidad visual que presenta, pareciera al contrario que ve más que todos, que sus ojos alcanzan un horizonte distinto. El poder del teatro es evidente: la magia que envuelve a los artistas permite que nadie sospeche de la situación de la actriz, si es que no se mencionaba yo nunca me hubiera dado cuenta, digno de aplaudir y de admirar, una demostración potente de la trascendencia del arte. 

La interacción entre Juliana (Isabel Pinto) y su amiga (Gabriela del Pilar) también es bastante organizada, es elocuente y en el caso de la amiga esta se presenta acompañada de una construcción corporal que emite un cierto poder energético. La forma del cuerpo cambia la atmósfera, las contracciones de la cadera son como chispas en el espacio, la expresión de las piernas ondula en los ojos de los espectadores. Me río, me entretengo, me olvido del mundo, la capacidad de abstracción del arte, es una condición necesaria, desde mi perspectiva, para descubrir cuando hay amor y dedicación en un trabajo. Día a día nos aburrimos del mundo, de la rutina, entonces aparece el arte y nos hace una pausa, un silencio para ingresar a un universo paralelo, que no conocemos, pero sospechamos. Desde esta mirada, Ña Catita me sedujo por instantes, me paralizó la mente en el presente y me permitió el descanso del pensamiento para aperturarme a la contemplación.

El mayordomo (Jeffrie Fuster) es otro de los artistas que me llamó la atención de forma natural, la manera de emitir la voz y su presencia escénica, eran casuales, no forzadas y la realidad con que se sometía a la ficción permitía una conexión directa con la puesta. Desplazamientos muy inteligentes y sonrisa bien presente, el mayordomo cuenta con el encanto nato del artista, la atención se dirige hacia él y se deja embriagar por las flexiones del cuerpo y el sonido de la voz; muy particular la forma de aproximarse al realismo y a las necesidades de la escena.

Don Jesús (Beto Sánchez) también entra con gran prontitud, su construcción manifiesta experiencia y solvencia en el espacio, la forma de conversación hacia sus compañeros concreta el colectivo, lo afianza, es un buen peso dentro del hilo conductor de la historia. Alejo (Jesús Aranda) posee el picante que necesita la construcción, su presencia es la ruptura de la armonía, la contradicción del amor y de los personajes; buen manejo corporal, secuencias bien logradas y armonía sonora, momentos cumbres en el desarrollo del montaje, la interacción de todo el grupo y la bulla de la multitud eran momentos de profunda contemplación, la energía del público se desplazaba hacia el escenario para proyectar su fantasía en ellos, en los maniquíes del drama, en los espíritus del arte y de la dramaturgia. Manuel (André Mesta) complementaba toda la estructura que ya se había creado; ubicado en su espacio, en su puesto, desarrollaba muy bien su rol, permitiendo que las energías y presencias sean distribuidas armónicamente, todo en su lugar, todo en su punto, ninguna exageración, la sensación de vivir la obra, de creer en la ficción se expresa.

Buen trabajo, el tiempo viaja en sí mismo, el pasado es presente y la conducta del hombre es trasmitida, todo pareciera que se puede manifestar sin tiempo ni espacio, la conducta es atemporal; pero el artista es dueño del tiempo y tiene la capacidad de abrir el mundo y sofocarnos uno nuevo, donde si quieres reflexionas, si no solo contemplas, es importante contemplar, no buscar la perfección, pero si lo genuino de cada uno de los intérpretes. La crítica enfrasca la realidad, la contemplación permite la aprehensión sensorial y cognitiva de la originalidad de cada uno. El arte es un ente de comunicación, no para romperte la cabeza en mil pedazos de racionalidad disruptiva, pero sí para recordar la condición gregaria del ser humano, su condición de grupo y de necesidad de afecto, un afecto que no es una caricia, pero sí puede ser un gesto, un desfase hacia lo extracotidiano o tal vez, hacia la condición primigenia del ser humano, a ese núcleo de expresión que nace como un cauce cristalino.

Moises Aurazo

28 de enero de 2026

martes, 27 de enero de 2026

Crónica: VISITA A MALA - GRUTEMA


Vocación, entrega y responsabilidad social 

No todos los colectivos teatrales pueden darse el lujo de cumplir 35 años de actividad ininterrumpida. Pues Grutema - Grupo Teatral de Mala, bajo la dirección de Wilman Calderón, puede jactarse de haberlo conseguido; y no solo por su vasto repertorio de puestas en escena, con el que se han paseado por el mundo a lo largo de los años, sino que además se encuentran próximos a lograr una verdadera hazaña tan necesaria para cada uno de los distritos de nuestro país: contar con un teatro propio para su comunidad. Oficio Crítico estuvo visitando, el último fin de semana, la hermosa ciudad de Mala y comprobar tanto lo valioso del trabajo escénico de Grutema como lo hospitalario de su gente.

En primer lugar, se presentó un ensayo de la clásica pieza francesa anónima La farsa de maese Pathelin, todavía en proceso, en el que los jóvenes actores de la agrupación Omar Castillo, Aimar Castillo y José Carlos Torres interpretaron roles de la última escena ocurrida en un juzgado, al lado de Nancy Martínez, pilar fundamental del grupo. Si bien Grutema se ha caracterizado por presentar creaciones colectivas breves, muy entretenidas y ejecutadas con humor a pesar de los temas difíciles e incómodos que muchas veces les toca abordar, sí que es importante que se trabajen obras de texto, abriéndole todo un nuevo panorama interpretativo al grupo, al llevar a buen puerto los personajes, situaciones y objetivos creados por un autor externo.

El sello característico de Grutema llegó a continuación, con la breve presentación del unipersonal A mí siempre me dijeron, en el que se lució la carismática Flor Ángel Ruíz, cantando, bailando y declamando un sentido y contundente mensaje en contra de la discriminación y la injusticia. Luego se presentó la puesta en escena de El arbolito o Ciudadanía Ambiental, en la que Wilman, Nancy y Kathia Isabel Gaspar se reparten diversos y jocosos personajes para enrostrarnos cómo siempre nos quejamos de la contaminación ambiental, pero poco o nada hacemos nosotros por revertirla. Con elementos sencillos de utilería y vestuario, efectos sonoros en vivo, la participación activa del público y la versatilidad del elenco, el mensaje llegó de manera clara y contundente a través de la sencilla historia de este entrañable arbolito, que nació, creció, fue talado y resurgió ante nuestros ojos en escasos veinte minutos. 

Y la noticia más feliz, sin duda, fue que la Asociación Grutema - Grupo Teatral de Mala, reconocida por el Ministerio de Cultura del Perú como Punto de Cultura, ha conseguido asignar un presupuesto para la construcción del Teatro Municipal de Mala. ¡Un atípico suceso que se debe celebrar! Se trata de un más que necesario proyecto que ya es una realidad, gracias a la perseverancia y entrega de Wilman y su colectivo, junto con el apoyo del alcalde Julio Marquinho. Felicitaciones a Grutema por estos primeros 35 años de trabajo y responsabilidad social en favor de la comunidad de Mala.

Sergio Velarde

27 de enero de 2026

lunes, 26 de enero de 2026

Crítica: TSURUKAME


Un desequilibrado festín para los sentidos

En el marco del 25° Festival Saliendo de la Caja, el teatro de la Alianza Francesa le abre sus puertas a Tsurukame, propuesta teatral dirigida por Majo Vargas Hoshi. El peculiar montaje cuenta con la participación de Paul Lazo y de la misma Majo, quienes durante sesenta minutos se encargan de crear todo un mundo de emociones y sensaciones valiéndose únicamente de sus cuerpos. 

Tsurukame no tiene historia. Al menos no una como típicamente la entendemos. No hay diálogo. No hay mayor orden. No hay lógica. Los cuerpos de Majo y Paul yacen de espaldas al público uno al lado del otro, inertes e inanimados. No es sino después del inexplicable e innecesario ingreso de una mujer a escena, quien manipula sus cuerpos como si se trataran de dos maniquíes, que estos personajes (“seres” quizá sería una mejor palabra) cobran vida y empiezan a moverse. Este es, innegablemente, el principal acierto y atractivo de este montaje.

El movimiento de Paul y Majo es sencillamente hipnotizante. A través de secuencias coreográficas enraizadas en la danza contemporánea, ambos artistas nos sumergen en un estado casi onírico, habitando por completo el espacio con su danza, derrochando destreza y pasión con cada movimiento. Ayuda mucho también el empleo económico y preciso de la música, la cual complementa la coreografía y aporta al disfrute de ella. A propósito de las coreografías, es muy interesante cómo estas dan la impresión de haber sido creadas no tanto a partir de la música (como suele ser el caso en el baile coreográfico), sino de forma orgánica, improvisada, frenética e intuitiva. La música no calza perfectamente con los pasos, solo les pone un telón de fondo, añadiendo así una capa sumamente interesante al movimiento. El uso de los pocos elementos en escena también es destacable, ya que ayudan a crear imágenes altamente estéticas. 

Habiendo dicho esto, el montaje pierde un poco su rumbo cuando empieza a incorporar frases en voz en off (las que también son proyectadas sobre el telón de fondo), de carácter aleatorio y existencial, dando la impresión de ser los pensamientos intrusivos de una o más personas que se cuestionan acerca de los más variados aspectos de la vida. No es que estas frases estén mal escritas, o que no sean interesantes individualmente, sino que, al no existir mayor ilación entre ellas, ni tampoco mayor relevancia en relación a lo que está sucediendo en escena, terminan haciendo un poco de ruido. En su afán de querer decirlo todo, terminan hablando de nada. 

De ahí el desequilibrio de Tsurukame. Por un lado, un verdadero placer para los sentidos, pero por otro, un montaje algo cojo, sin una tesis clara ni un mensaje lo suficientemente contundente. Es evidente que el mundo interno de Majo Vargas Hoshi es fascinante, y es precisamente por eso que como espectador no pude evitar sentirme un tanto frustrado, como alguien a quien dejan varado en una ciudad desconocida sin un mapa. 

Sergio Lescano Vásquez

26 de enero de 2026

Crónica: TEATRO LA PLAZA - PROGRAMACIÓN 2026


El poder de estar presentes

Con el corazón en la mano y la añoranza de convertir el 2026 en un espacio lleno de diálogo, inclusión y escucha, y de abrazar el silencio desde las narrativas teatrales, el pasado 10 de diciembre de 2025 el Teatro La Plaza se complació en presentar la programación del período 2026. Esta se propone bajo una mirada reflexiva que cuestiona el teatro desde adentro como una fuente de poder, entendiendo que dicho poder habita en cada espectador, artista, memoria y vínculo.

La Plaza apuesta por el concepto El poder de estar presentes como una suerte de volver a mirar la cotidianidad, procesarla y reobservarla desde la otredad. De este modo, el teatro se plantea como una especie de hogar dispuesto a recibir, procesar y acompañar el encuentro íntimo de distintos cuerpos que se reúnen alrededor del espectador frente a un espectáculo escénico. Ya sea en un mismo mes, día u hora, los recuerdos y el poder estarán presentes en nosotros y en cada unx que tome alguna butaca.

La temporada da inicio con el ciclo Presencias que transforman, conformado por tres obras que reúnen un diálogo íntimo y honesto: Mi madre se comió mi corazón de K’intu Galiano (Premio de Dramaturgia Sara Joffré 2026), interpretada por Vania Accinelli; Volver a mirar, creada y dirigida por Mirella Carbone; y Una obra para quienes viven en tiempos de extinción, dirigida por Norma Martínez e interpretada por Fiorella Pennano. Cada pieza trasciende y se expande desde su lenguaje escénico, transitando la danza contemporánea y el teatro testimonial y político, con el cuerpo como protagonista desde la memoria.

Próximamente, Las cosas que sé que son verdad, escrita por Andrew Bovell y dirigida por K’intu Galiano: una obra que abraza los hilos familiares y el afecto que los sostiene. Seguidamente, Eureka Day! irrumpe en las tablas de La Plaza como una comedia voraz y excéntrica, escrita por Jonathan Spector y dirigida por Vanesa Vizcarra. Cada momento resulta expuesto y revelador, cuestionando lo ético y, sobre todo, aquellas buenas intenciones que atraviesan los lazos personales, diciendo en escena aquello que muchos piensan, pero pocos se atreven a decir.

Continuando con la programación, llega Prima Facie, escrita por Suzie Miller y dirigida por Juan Carlos Fisher, una obra que propone observar e interpelar el sistema judicial a través de volver a mirar una realidad que duele ser vista. Para culminar el año de forma mágica y fresca, La Plaza presenta una versión peruana y contemporánea de Sueño de una noche de verano, clásico de Shakespeare, adaptada y dirigida por Josué Castañeda y Daniela Zea. Una puesta que celebra el trabajo colectivo y concibe el teatro como un juego lleno de posibilidades.

Cada temporada promete una reunión colectiva con el público. La Plaza se consolida como un espacio seguro para comenzar a sentir desde un acto único y revelador: el poder de estar presentes en el aquí y el ahora.

La Plaza Joven

En paralelo, La Plaza Joven presenta un catálogo de obras que conectan con el público desde una sensibilidad particular, reflejando historias con un compromiso escénico constante hacia los más pequeños y los lazos familiares.

La temporada inicia con dos obras que marcaron y conectaron de forma eufórica y exitosa con el público: Cyrano de Bergerac, adaptación de Fito Valles que reúne a cinco actores para contar la historia de un héroe cuyo accionar está atravesado por el amor y donde la apariencia no siempre triunfa. Desde la poesía y las narrativas líricas, La Plaza propone un Cyrano moderno y vigente. Payapaluza: Somos el mundo, dirigida por Cristian Ysla, regresa con un espectáculo lleno de magia que invita a convivir con niños y niñas desde la celebración y el poder de reunir presencias en el teatro.

La programación continúa con Luminos, creada y dirigida por Nuria Araníbar y Els Vandell, que narra la historia de una estrella que cae del cielo y descubre, por primera vez, la belleza del mundo. Un espectáculo que propone reactivar la inocencia y despertar la esperanza en los más pequeños desde un enfoque lúdico. Finalmente, La Plaza Joven cierra su temporada con un clásico metateatral reconocido a nivel internacional: El fantasma de la ópera, adaptación familiar del texto de Gaston Leroux, dirigida por Els Vandell. Una obra que se convierte en una aventura colmada de verdades y secretos.

De esta forma, La Plaza propone un catálogo de obras para un público joven que dialogan desde el poder de estar presentes. Cada una mantiene un propósito claro y un compromiso sensible con el espectador joven, estimulando su imaginación y creatividad.

El Teatro La Plaza presenta así un conjunto anual de obras que consolidan su identidad escénica como productora. La Plaza no es solo un lugar donde se hace teatro: es un espacio que reúne a cientos de personas para encontrarse con el poder de la presencia, el acto de mirar y observar diversas narrativas y lenguajes escénicos, transformar lo que no se nombra y abrazar el encuentro.

Juan Pablo Rueda

26 de enero de 2026

Crítica: FLOW DEL BARRIO


Una mirada al barrio

Flow del barrio propone un retrato crudo de un grupo de jóvenes del Callao que sobreviven a partir de lo que la calle les ofrece, mientras intentan sostener sueños que parecen constantemente amenazados por un entorno hostil. La dramaturgia se articula alrededor de la lealtad, la pertenencia y la violencia estructural, elementos que se tensan con el retorno de un grupo de narcotraficantes al vecindario, hecho que funciona como detonante del conflicto principal y precipita el desenlace trágico de la obra.

Podemos ver que la puesta en escena tiene un conflicto claramente planteado, lo que permite una lectura social directa sobre la realidad urbana de sectores marginados de Lima. La progresión dramática se sostiene gracias al compromiso actoral, evidenciándose una entrega física y emocional constante por parte del elenco. No obstante, esta intensidad, en algunos pasajes, se convierte en un desborde energético que afecta la precisión de las acciones escénicas. Se perciben momentos donde el gesto, la intención y la acción no logran una articulación clara, generando cierta dispersión en la lectura del signo teatral.

Desde la actuación, el trabajo corporal es predominante y responde a una búsqueda de verosimilitud callejera. Sin embargo, la falta de contención rítmica en determinadas escenas provoca acciones imprecisas que debilitan la organicidad del conjunto. Una mayor depuración en la partitura física permitiría que la potencia expresiva no se diluya y se sostenga con mayor coherencia dramatúrgica.

En el plano técnico, la iluminación y el diseño sonoro, elementos fundamentales para la construcción atmosférica del relato, no logran cumplir plenamente su función dramatúrgica. Se evidencian fallas técnicas, como entradas de sonido en momentos inadecuados y cambios de luces desfasados, que interrumpen el flujo escénico y afectan la continuidad narrativa. Estos desajustes rompen la convención teatral y distraen al espectador, restándole fuerza a escenas que requieren tensión y concentración.

En conclusión, Flow del barrio es una propuesta con una base narrativa potente y un claro compromiso actoral, capaz de visibilizar una realidad social urgente. No obstante, una mayor precisión en las acciones escénicas y un ajuste técnico más riguroso permitirían que la obra alcance un nivel más sólido y contundente en su puesta en escena.

Javier Gutiérrez

26 de enero de 2026

sábado, 24 de enero de 2026

Crítica: PADRES TERRIBLES


Una familia de locos

En 1938, Jean Cocteau sacudió a la sociedad parisina con una obra que desnudaba una cruda verdad: una familia puede ser el refugio, pero también el infierno. Padres Terribles nos muestra a una familia aparentemente normal y feliz, compuesta por la madre, el padre, el hijo de ambos y la hermana de la madre, pero que revela su disfuncionalidad en el momento en que el hijo, Michael, de 22 años, anuncia que tiene una novia.

La versión que nos ofrece Ares Teatro respeta lo fundamental de la obra original y desarrolla los conflictos con las llaves lúdicas que propuso el autor, adecuándose sutilmente a los tiempos actuales en el Perú.

Empieza con la inmadurez estereotipada de Michael y la sofocante sobreprotección de su madre, que linda con lo absurdo, para advertirnos que estamos ante una familia disfuncional y cualquier cosa puede pasar en adelante. La obra sacude, divierte, deleita y desorienta, ya que expone, sin ánimo de solución, las extrañas relaciones de Jorge, el padre de Michael, con la novia de su hijo y además con la hermana de su esposa, de modo que la tragedia familiar termina siendo una comedia de situaciones absurdas, para diversión de los asistentes. 

Claramente, ese es el objetivo de la obra y Ares Teatro lo logra, a pesar de la poca experiencia de su elenco y algunas imprecisiones de la dirección, especialmente en el ritmo y algunos personajes que no logran redondear su carácter, sin que ello haga decaer el conjunto en donde el apoyo mutuo es la clave para mantener el equilibrio y se nota.

Una obra que se sustenta en los conflictos personales requiere de un ambiente íntimo. El Teatro Ares y la puesta en teatro circular, permiten la cercanía del público para crear una atmósfera privada. La escenografía es mínima, del mismo modo el vestuario y el uso discreto de las luces y el sonido hace que sea una puesta sobria, apoyada fundamentalmente en la actuación. Todo un reto por cuanto se trata de actores y actrices en formación, en donde sobresale Lucero Sandoval en el papel de Ivonne, la madre sobreprotectora, cuyo amor egoísta y posesivo devela al espectador todos los demonios que se esconden detrás y le toca poner las notas más dramáticas de la obra, que es una tarea difícil en la comedia, pero esta es algo negra y lo permite. 

Pero no es la única con esa "cualidad", pues cada uno tiene un interés especial, salvo el hijo, cuya candidez raya con la estupidez. Al construir su personaje de joven engreído e inmaduro, Francisco Rosero ha cuidado equilibrar ternura y debilidad; su exageración, que por momentos parece una caricatura, no rompe los límites del personaje. Por su lado, Kattsy Chávez estructura su personaje de Madeleine a la altura de las circunstancias; no lo hace trivial ni tonta ni tampoco es una "devoradora de hombres" que se aprovechó del padre y el hijo, sin conocer esa relación, sino que simplemente se dejó llevar por sus sentimientos y ahora se encuentra atrapada en un conflicto del cual no sabe cómo salir y eso la aterra. Ella ingresa a mitad de la obra, con el ambiente ya creado y se adapta perfectamente al clima, al que aporta con la seguridad de su personalidad para entregarnos una novia frágil, confundida y vulnerable, pero totalmente honesta.

La función de estreno conlleva nerviosismo y altos riesgos de error; sin embargo, luego de unos minutos, el elenco alcanza la concentración debida, lo que permite al público disfrutar de los sentimientos que sus personajes transmiten. Hoy empiezan su segunda semana, y estoy seguro que habrán superado los nervios para beneficio del espectáculo.

David Cárdenas (Pepedavid)

24 de enero de 2026

viernes, 23 de enero de 2026

Crítica: YAWAR QAYANI


Migrar no es dejar tu tierra, sino llevarla contigo.

Saliendo de la caja es un festival que cada año les da un micrófono a aquellas voces que tienen algo nuevo que contar, presta un lugar para aquellas obras por las cuales apuesta, creando y promoviendo de este modo espacios seguros para que nosotros, como espectadores, podamos conocer y conectar con distintos artistas y creadores que decidieron contarnos historias tan íntimas como universales.

Sobre un escenario pueden pasar muchas cosas, podemos ser testigos de diferentes sucesos, diferentes acciones y sentimientos, y en el caso del proyecto que Luisa Guerrero nos compartió, presenciamos no solo un espectáculo o una historia más, sino que fuimos parte de un ritual, pudimos ver cómo se van rompiendo barreras de género, cómo dos mujeres se atrevieron a desafiar las normas de su comunidad y familia para poder hacer lo que tanto aman, seguir lo que estaban destinadas a ser.

Con una escenografía muy detallista, donde se pueden apreciar espacios para que cada intérprete pueda poner sus prendas para que todo el público pueda verlas, y siguiendo una estética que nos transporta a un ritual de la sierra peruana, se nos narran las historias de dos mujeres danzantes de tijeras, interpretadas con bastante destreza por Daniela Hudtwalcker e Isabel de la Cruz Lapa. Cada una de ellas tuvo que enfrentarse a los estereotipos y normas impuestas tanto por sus familias como por su comunidad; se les negaron las tijeras que tanto sentían parte de ellas, se le había escondido un pasado que les pertenecía tanto a ellas como a los hombres de sus familias, y lo hicieron con una convicción y firmeza que se transmite en cada una de sus palabras. Se destaca que no solo se trata de contar una historia, sino que ambas artistas nos demostraron por qué son buenas en lo que hacen: ambas se turnaron para adueñarse del escenario cada una a su manera y dejando a cada uno de los asistentes aplaudiendo impresionados.

Es una obra que dialoga con El rincón de los muertos de Sebastián Rubio, y no solo por el tema de la danza de tijeras, sino porque tocan un tema más profundo, el de la carga emocional que conlleva migrar y no renegar de tus raíces en el proceso. En Yawar Qayani, vemos un libreto que se elabora siguiendo cierta sensibilidad, que si bien se siente un poco desordenado por momentos, sobre todo cuando intercala las historias, no deja de lado la importancia del mensaje de que no importa qué tan lejos te vayas y te alejes de tu tierra, esta siempre irá contigo, pase lo que pase.

Barbara Rios

23 de enero de 2026

Crítica: MELORAMAS DEL CORAZÓN

 


Sonidos de la naturaleza 

La vigesimoquinta edición del Festival Saliendo de la Caja trae a escena los distintos proyectos de los estudiantes de Teatro, Danza, Música, Creación y Producción Escénica de la PUCP. Uno de ellos fue Meloramas del Corazón, compuesto y dirigido por María Jesús Hinostroza, bajo la producción de Nalijj Echevarría, y la producción artística de Jack Valenzuela.

Apelando al uso de los sentidos, la propuesta es una experiencia que sumerge al espectador en una parte de nuestra selva peruana, a través de los aromas de las plantas, una escenografía ataviada de ramas y una canoa (también para el uso del público), así como los vestuarios. Sin embargo, la instalación sonora, tanto en los efectos, como la ejecutada por los actores fue la protagonista, pues dicha composición nos acercó a los habitantes, ruidos y silencios de esta inmensa parte de nuestro territorio.

Por su parte, los intérpretes Franzia Inocente, Jimena Donayre y Marcelo Cuadros realizaron un correcto trabajo corporal y vocal, desplazándose por todo el Teatro de la Alianza Francesa, recreando una atmósfera que alude al amor, la paz, la tristeza y el cambio. Ofreciendo una visión de la majestuosidad de la selva, su riqueza y vigor, pero también el peligro y amenaza que representa a quien depreda y agota sus recursos y vida silvestre.

Maria Cristina Mory Cárdenas

23 de enero de 2026